miércoles, 9 de mayo de 2012

Una filosofía del reconocimiento de la Persona


Paul Ricoeur en su artículo: “Volverse capaz, ser reconocido” analiza las bases de su pensamiento que se inscribe dentro del humanismo. Con el titulo de su artículo, Ricoeur se refiere a dos aspectos de la persona. Por un lado designa las capacidades básicas que se acredita o atribuye una persona y que son poderes necesarios o potencialidades que constituyen el primer cimiento de la humanidad. Estas capacidades son: el poder decir, el poder actuar, el poder contar. A estos poderes agrega la imputabilidad y la promesa. En segundo lugar, Ricoeur designa el recurso de los demás como implicados con la realización de las capacidades básicas de una persona. Actuar, decir, narrar y prometer implica al otro, es decir, el reconocimiento del otro. La noción de persona propuesta por Ricoeur implica al Yo y al otro. El yo no es sin el otro. Todo Yo ha de ser reconocido por otro. El otro, es un yo, un si mismo, y como un si mismo que es, también necesita

ser reconocido por otro. En ese sentido, el reconocimiento de la persona, es el reconocimiento del si mismo y del otro. Ricoeur también agrega un tercero: el reconocimiento de la institución como mediadora y encargada de aplicar la justicia entre el si mismo y el otro. Para Ricouer la identidad personal es lo común o la tensión que se da entre estos dos polos: el de las capacidades básicas y el del reconocimiento del otro. La realización de mis capacidades me remite al otro, de modo que soy en función y en la media que el otro me reconoce.
El pensamiento de Ricoeur es muy prolifero, pero se puede abordar como una filosofía del reconocimiento de la persona, lo que lo sitúa en una tradición humanista. Paul Ricoeur desde temprana edad se adherio al personalismo: un humanismo contemporáneo que emergió a principio del siglo XX, y que surgió contra el existencialismo, marxismo y contra la hegemonía de las ciencias que cosificaron al hombre, produciendo una crisis de valores y de fundamentos, la perdida de la dignidad de humana y una gran decadencia espiritual, que condujo a la humanidad a la perdida del sentido de la vida. Ante esta situación el personalismo defendió la dignidad de la persona como ser espiritual y corporal, con valores, responsable de sus acciones y que ve al otro como a si mismo. Esta concepción afirma el carácter complejo y respetable de la persona como ser digno, pero no como un ser todo poderoso, sino responsable que responde por sus actos, enfrenta la vida y la circunstancia desde su condición de proyecto o potencialidad.
¿Como define Ricouer la persona? En un primer momento, Ricouer definió la persona como una actitud, una apertura a la vida. Posteriormente, partiendo de la fenomenologia hermenéutica Ricoeur sostuvo que la persona esta compuesta por cuatros estratos: lenguaje, acción, narración y vida ética. Estos estratos se acomodan o coinciden con los poderes especiales (poder decir, poder actuar, poder narrar, la imputabilidad y la promesa), nombrados anteriormente en su articulo “Volverse capaz, ser reconocido”. La persona tiene la capacidad de hablar, de producir un discurso a través del lenguaje, pero este discurso esta dirigido a otro, que es capaz de responder y de entablar una conversación. La acción o actuación esta siempre orientada al otro. En cuanto al relato, este une de múltiple protagonistas en una misma historia. La persona es su historia, por tanto tiene una identidad narrativa, que es la que se fija en el tiempo como la unidad narrativa de una vida. Mi historia toca la historia de los otros, por tanto, existe un entrecruzamiento de historias. La imputabilidad remite a la dimensión moral de la persona. Toda persona tiene una capacidad moral, que le hace autor de sus actos, lo que le reclama actuar con responsabilidad ante si y ante el otro. Esta responsabilidad exige también que la persona cumpla su promesa que generalmente esta dirigida a otro. En definitiva, los estratos que coinciden con las capacidades básicas de la persona, implican el reconocimiento de la persona: del si mismo y del otro, porque el otro es también un si mismo. Este reconocimiento entre el si mismo y el otro ha de ser mutuo y reciproco.